#NosEstamosMuriendo: SENAME. Crónica del análisis de un Mural sobre el SENAME ubicado en la Población El Volcán, Santiago de Chile

El presente trabajo analiza un mural que fue encontrado a propósito de una visita domiciliaria a una familia que tiene a su hijo en una residencia de protección del Estado. El mural que tiene por título “#nosestamosmuriendo”, nos permitirá hacer algunas propuestas sobre el papel que tiene la sociedad frente a las graves falencias del sistema de protección de la infancia de Chile.

En mi ejercicio profesional, trabajo en una residencia que recibe a niños y niñas que han sido separados de sus padres por una medida de protección emanada por un tribunal de familia. El ingreso de cada niño o niña es por la sospecha de parte del Estado, de que pueda estar siendo vulnerado en sus derechos, situaciones emanadas del maltrato y, en la mayor parte de las veces -cuando se trata de niños pequeños (menos de 3 años)- por situaciones de negligencia en los cuidados, las que a su vez están asociadas a problemáticas de drogadicción de uno o de ambos padres, o bien por no tener domicilio fijo.

Hace un año y seis meses que Diego vive en un centro residencial. Ingresó cuando tenía un año de vida. Vivió con una hermana de la madre hasta que el tribunal señaló que esta persona no ejercía los cuidados de manera adecuada. Entonces, con apoyo de Carabineros y de un día para otro, sin previo aviso, es decir, significando el acontecimiento como una situación traumática (para el niño y su familia), es retirado de la casa de la tía y entregado sin mayor explicación al hogar de acogida. A decir verdad, es necesario añadir que el primer año de vida (mientras Diego vivía con la tía), la madre del niño participó activamente en la crianza de su hijo. Sin embargo, esto fue a escondidas del tribunal.

Diego lleva viviendo un año y medio en el centro residencial. Sus padres lo visitan esporádicamente, a veces de una manera frecuente. Últimamente vienen una vez por semana, de manera que con la trabajadora social acordamos una visita al domicilio donde viven ambos padres y el hermano de Diego, un niño 1 año mayor, al que llamaremos Ignacio. (¡Sí, efectivamente Ignacio ha vivido toda su vida con sus padres, no así Diego! Son las paradojas de nuestro sistema de protección).

Julio de 2019, martes 9.00 am. La trabajadora social maneja su auto para llegar a la población El Volcán 3, en Puente Alto, también llamada Bajos de Mena. Se trata de un sector de la ciudad de Santiago que la mayoría identifica con lo marginal, con la pobreza, con la violencia y la inseguridad. Es un lugar que se asocia con el miedo. Es el terreno de las viviendas sociales que fueron hechas por el Estado de Chile y que se caracterizan por la lejanía del centro de Santiago, pequeños departamentos de menos de 40 metros cuadrados. . Se la vincula frecuentemente a la delincuencia, en ella se respira la desesperanza. Se conoce la población El Volcán básicamente por hechos delictuales. Si hacen el ejercicio de poner en google “el volcán, puente Alto” se encontrarán con adjetivos como: “gueto”, el “Sarajevo de Santiago”, un lugar en donde “pese a tener 120 mil habitantes, no cuenta con farmacias, tiendas, cuartel policial o de Bomberos, sucursales bancarias ni plazas. Sólo tierra y muchas viviendas sociales”.

Llegamos a visitar a la madre de Diego a su departamento, quien nos ofrece tomar desayuno con su actual pareja y padre de Diego, mientras Ignacio, su hermano, duerme. La hermana de la madre (otra distinta a la que cuidó a Diego durante su primer año de vida) ayuda a hacer el desayuno. La conversación tiene relación con el periodo de tiempo que lleva Diego en el hogar y sobre aquello que podría generar los soportes necesarios para que pueda egresar del centro residencial.

Terminada la visita, volvemos a caminar por el pasaje de tierra, esta vez en compañía de ambos padres y la tía del niño. De pronto, la trabajadora social se percata de un mural del tamaño de las viviendas sociales (un edificio de 3 pisos) que contiene la siguiente representación:

Impactados todos los que estamos ahí, la trabajadora me lo señala y lo primero que la tía del niño nos dice es: “no lo había visto nunca”. Los padres señalan nunca haberse detenido frente a ese mural. Algo así como que lo habían visto, pero no se habían detenido para mirarlo.

El mural está ahí desde febrero de 2019. En rigor, nadie lo había visto. Y esta vez no se trata de una denegación en el sentido psicoanalítico del término. El mural es la principal vista que tiene la madre de Diego desde la ventana de su living-comedor. Le queda estrictamente enfrente.

Fotografié el mural y me quedé pensando en él. Por más que traté que saliera el mensaje, este no quedó en mi foto. Algo se suprimió en mi propio acto de captura de la imagen.

En conjunto con colegas y estudiantes del Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile analizamos el mural. Paso a relatar los elementos que me parecieron más relevantes:

La imagen del rostro de dos niñas, entre ellos la sigla SENAME (Servicio Nacional de Menores) y el hashtag #nosestamosmuriendo.

La intención del mural es evidente para cualquiera: los niños y particularmente las niñas en el SENAME se están, literalmente, muriendo física y psíquicamente.

Desde el año 2006 que he intentado señalar las sistemáticas vulneraciones de derechos que los niños sufren, en lo que se identifica como sistema de protección residencial con el concepto “hogar del SENAME”. Mi última participación fue en el informe del Instituto de Derechos Humanos, el cual estuvo rodeado de una polémica que fundamentalmente se dio por los intentos de deslegitimar sus conclusiones. Los resultados más relevantes de este informe son la constatación de la sistemática y constante violación de los derechos de los niños, niñas y adolescentes que son parte de este sistema.

Este mural es una forma clarísima de hacer evidente lo que la sociedad no puede y no quiere ver. Nuestro sistema de protección de la infancia definitivamente no solo no cumple su labor, sino que agrava la situación que aborda.

¿Qué nos dice la imagen del mural? Una de las niñas, la que está adelante, tiene una vestimenta que no le calza, que le queda grande, que no se ajusta a su piel. Parte de su piel queda expuesta y vulnerable en el SENAME. Su mirada es de una tristeza profunda, una mirada que no mira, que traspasa al otro, que no parece encontrar en el otro una mínima reciprocidad. Tiene la boca abierta, ello puede decir que se trata de alguien que anda descuidada, que no atiende al peligro, desconcentrada de lo que ocurre alrededor.

La niña de la izquierda está más abrigada, es más baja y está más atrás. Parece menos expuesta que la de delante. Su mirada hace reposar en nosotros su tristeza y parece algo más conectada con el entorno. Su cabeza levemente ladeada nos habla de cierta sumisión.

El mural no está ubicado en un lugar de tráfico habitual de gente, está emplazado en un pasaje de tierra de una población a la que nadie va por gusto propio. El contenido del mural nos habla de una experiencia colectiva, pero la vez, que no es la de todos, se trata de una experiencia que probablemente vive una buena cantidad de familias que residen en este lugar, y que tienen a sus hijos en el SENAME. Nadie podría negar que El Volcán es un sector pobre de la capital.

Atrás, en la imagen, podríamos señalar que está representado el SENAME, una estructura sin piel, sin muros que contengan un interior. Es una disposición que no brinda contención. Es más, algunas de las líneas sugieren algo punzante, algo puntudo, como un alambre de púas. SENAME no es una piel que contiene, es una estructura que deja expuestos y vulnerables a los niños y niñas, los puede herir.

Lo más terrible no es que la familia no haya visto nunca este mural que está frente a nuestros ojos y a los suyos, cada vez que mira por la ventana que se encuentra rota. Lo más duro, lo más difícil para quienes trabajamos en este sistema, es que la mayoría de las personas no puede ver los graves y profundos problemas que existen en nuestro sistema de protección.

Las niñas de la imagen pueden ser comprendidas como una interpelación, como mensajeras de un contenido, de una vivencia interior que debemos estar preparados para recibir y saber acoger en nosotros mismos.

El mural nos interpela a recibir las angustias, las fantasías, los miedos, las esperanzas y desesperanzan que los niños y niñas, desde la más temprana edad, muestran con su comportamiento, su mirada, su piel, su forma de moverse, su manera de expresar sus emociones. Este es el principal objetivo de este trabajo: que cada uno pueda disponerse a recibir lo que la mirada y gestos comunican de aquellas niñas dibujadas en el mural.

El mural nos puede ayudar a promover una escritura de aquello que acontece en la infancia, y esa escritura puede transformarse a la vez, en un espacio de memoria y testimonio del otro y de la particular experiencia que asociamos al SENAME.

Entendido de esta manera, este mural nos ayuda a conservar y proteger la memoria de los niños y niñas que habitualmente queda expuesta al olvido, ya sea porque no hay adultos que puedan realizar esta tarea (como en el caso de los niños institucionalizados) o bien por la horrible denegación de los problemas de las instituciones que están concernidas en el trato negligente o vulnerador.

Es importante hacer esa labor de memoria que suele denegarse en el campo de la infancia. Un trabajo de memoria que permitía hacer historia de los problemas que tuvieron los propios padres durante su infancia y que repiten en su relación actual con sus propios hijos.

Frente a los graves problemas de protección y cuidados de la infancia en Chile, hace falta no solo una profunda transformación del sistema de acogida, sino también que los profesionales que trabajan en este ámbito puedan, ellos mismos, constituirse como verdaderos continentes psíquicos del sufrimiento que algunos niños o niñas han estado obligados de experimentar.

Tenemos la oportunidad única de generar una nueva disposición y disponibilidad para atender los problemas y sufrimientos de la infancia de nuestro país. Debemos construir herramientas en la que podemos apoyarnos. Debemos ser continentes de este tipo de comunicación más allá de las palabras. Debemos proponernos como tarea operar la transformación de este sentir y emoción, en motor de un cambio profundo y, al mismo tiempo, volvernos responsables por una memoria colectiva que se construye gracias al hecho de que no podemos quedar indiferentes frente a este tipo de manifestaciones; debemos volvernos responsables por brindar testimonio veraz de una historia de segregación y discriminación que en nuestro país no hemos sabido superar hasta el momento.

Este mural, junto a otras experiencias en mi trabajo profesional, me enseñó que observar es aprender a recibir. Recibir implica, con ayuda otros, la metabolización o trasformación en vista de una labor reparatoria. Lo reparatorio, a su vez, involucra el trabajo de una memoria que puede ayudar, no solo al reconocimiento histórico de nosotros mismos, sino también a la oportunidad de escribir nuevas historias, historias no escritas, historias que a veces llamaremos historias inéditas.

(Publicado el 25 de abril de 2020 en Rufián Revista)

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